El castigo tiene como consecuencia la disminución de la probabilidad de que se repita la conducta a la que sigue. Generalmente pensamos en el castigo como la disciplina impuesta por los padres, como azotainas, prohibir ver la televisión o supresión de otros privilegios o mandarlos a su habitación. La mayoría de los padres utilizan estas técnicas con la esperanza de que la conducta sancionada no aparezca de nuevo. Además, el castigo de moderado a intenso, si se aplica clara y constantemente, es efectivo para disminuir la frecuencia de las conductas deseadas (el castigo suave, en cambio, puede realmente incrementar la aparición de la conducta, si la atención que lleva asociada es la única que el niño recibe normalmente).
El castigo puede producir una serie de efectos secundarios que los padres no pueden anticipar:

  1. Lo primero de todo, los castigos severos pueden provocar agresividad y otras conductas emocionales del niño, incluidos llantos, rabietas y golpes con la cabeza.
  2. El individuo que proporciona el castigo puede a veces quedar tan asociado con el castigo en general, que el niño puede empezar a evitar las interacciones con esa persona.
  3. el castigo puede reducir la totalidad de las conductas, incluso de aquellas que no son problemáticas. Ejemplo: el niño que el profesor castigo por hablar fuera de turno puede reaccionar disminuyendo su participación en clase de manera general.
  4. Los padres pueden estar sirviendo de modelos de conductas que no quisieran ver imitar en sus hijos. Ejemplo: el hecho de que muchos delincuentes juveniles han sufrido mal trato físico en su infancia, y que los niños que sufren castigo, maltratan después al ser padres a sus propios hijos (Bandura y Walters, 1959), puede reflejar la imitación del comportamiento de sus padres.
  5. El castigo no es un buen instrumento de enseñanza si sólo indica lo que está mal y no lo que deberían hacer en su lugar.
  6. El castigo produce adicción, puesto que normalmente produce un reforzamiento negativo en los padres, estos lo suelen utilizar más de lo debido.

El castigo debe ser utilizado siempre en combinación con el refuerzo de unas conductas apropiadas que deseamos que el niño muestre. Incluso así, debería utilizarse limitadamente, preferiblemente acompañado de un resultado negativo. Como quitar algo deseable más que como resultado positivo, como abofetear o dar azotes.
Héctor Peraza Díaz
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