Es bien raro encontrar a una persona que no posea sentimientos de malestar o se encuentre con ánimo bajo en un momento determinado. Con la vida actual que llevamos, donde hay tantísima información de todo tipo que nos esquematiza y nos encuadra, donde a cada hora nos están recordando que tenemos que ser felices a toda costa, es difícil reconocer estados de animo depremido y mucho menos aprender a vivir con ellos.
El no tolerar en sí mismo la frustración de querer algo y no poder alcanzarlo o el tener que levantarte un día tras otro y ver que tu sueño aún no llega son dos ejemplos que pueden crear sentimientos de indefensión, que minen nuestra autoestima. Sin embargo, cuando nos remontamos a épocas anteriores en nuestras vidas encontramos hechos que se han llevado a cabo y que nos han llenado de satisfacción. Por tanto, la felicidad la hemos conseguido, hemos sido feliceis sin haber tenido todo lo que queríamos.

“Permitiendo al Diablo expresarse” damos lugar a que los momentos dificiles (la muerte de un ser querido, la separación o el divorcio, el desempleo, la enfermedad…) que se nos presenten sean aceptados y vividos como tales, no negándolos o responsabilizando a otros por ellos. Además, la felicidad más que un estado permanente de satisfacción es un momento, con lo cual si vamos a considerar sólo los momentos felices podemos estar perdiéndonos la verdadera esencia de la vida.
En la frase del poeta y novelista francés Jean Cocteau “Dios no habría alcanzado nunca al gran público sin la ayuda del Diablo” se proyecta mi idea sobre la felicidad y la infelicidad, como estados de conciencia ambivalentes pero complementarios, sin uno no puede existir el otro. Por tanto si negamos a uno también estamos influyendo de manera negativo en el otro, sea cual sea.
Saludos,
Héctor Peraza Díaz
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